jueves, 22 de septiembre de 2011

La Naturaleza

El que la Naturaleza sea indiferente al hombre es una ilusión que no podría haber surgido a la existencia, sin la otra ilusión de que la tierra existe aparte del hombre. El espíritu sabe que la Naturaleza no es indiferente. En momentos de gran agonía o de gran exaltación, comprende que el espíritu de la Naturaleza es un compañero y un compañero que tiene el poder de hablar y el poder de ayudar. El ímpetu creador pulsa incesantemente en el corazón de nuestra hermosa madre esmeralda, que nos lleva como infantes desvalidos en su seno, mientras somos sus hijos, y nos da de su maravillosa abundancia para que podamos respirar, y bañarnos, y comer, y beber, y ser sostenidos en toda forma que necesitamos y pedimos de ella. Ella siempre arregla sus dones de acuerdo con las necesidades, sin equivocarse jamás. Ella es una donadora cuidadosa, que elige siempre lo que se necesita de sus almacenes vastísimos, y da siempre al que necesita. El derroche de la Naturaleza, que siempre se menciona contra ella como un reproche, es un derroche completamente físico y superficial, o, mejor dicho es solo aparente y no real. Los millones de semillas que terminan en la nada, desde el punto de vista físico, no son ni fracasos ni derroches. Físicamente, la materia que las compone es sencillamente reordenada, y espiritualmente el ímpetu que los hizo pasar el umbral de la materia, se ha convertido y vuelto a su origen. No es perdida alguna para ellas por cuanto no son seres que estén ocupados en una peregrinación para los cuales cada paso debía ser un paso de progreso, y cada paso atrás es un obstáculo en ese progreso. La hermosa Madre verde es la amiga del hombre, una esfera de graciosas entidades no-humanas que lo acompañan y sostienen durante su peregrinación. La infinita variedad de forma y belleza contenida en eso que llamamos Naturaleza, es la expresión de su amor y belleza espiritual, en lo que el hombre es capaz de apreciar mediante sus sentidos físicos; y estas formas jamás parecerían sólidas o de destrucción posible si no fuera por las ilusiones del cerebro humano. Una vez libertado de estas ilusiones, el espíritu del hombre reconoce que mientras para él, el nacimiento o la muerte son de vital importancia, para los espíritus de la Naturaleza no son más que una parte del juego de la vida. Para una de esas simientes de la Naturaleza, una encarnación no es más que una burbuja de jabón arrojada al aire. La Naturaleza está ocupada en hacer un hogar para el hombre mientras este lo necesite, y Ella pasa adentro y afuera de la esfera de la ilusión sin ser afectada por ello y sin darse cuenta del significado que el hombre da a las palabras nacimiento y muerte. Los psíquicos que han aprendido a ir lejos en la vida espiritual y a aportar el recuerdo a través del umbral hasta la conciencia física, nos hablan de las maravillosas formas de la Naturaleza, rebosantes de belleza, que han visto. Es evidente, por el testimonio de aquellos que han explorado de esta manera, que los espíritus de la Naturaleza rodean y sostienen a los espíritus de los hombres en las esferas espirituales. Donde los espíritus de los hombres se ven como formas translucidas, teniendo poderes y posibilidades ininteligibles para los hombres aún encarnados, también se ven formas translúcidas de flores y de árboles, de una belleza tal que es imposible expresarla en lenguaje humano. Y allí se ve también que hay una atracción y comunicación entre los espíritus de los hombres y los espíritus de la Naturaleza, en una forma desconocida para nosotros ahora. En el mundo etérico se ve que las flores que forman guirnaldas en los lugares de adoración, lo hacen así, porque así lo desean, lo mismo que las almas que allí van en adoración lo hacen porque también desean hacerlo. En los estados puramente espirituales, se ve mucho más claro que esta es la ley de la vida, gobernando el amor todas las cosas. En la vida terrestre el hombre toma y retiene; cuando su espíritu adelanta hacia los estados espirituales, encuentra allí que no puede existir tal “tomar y retener”. Todo cuanto rodea al espíritu y glorifica su vida, viene voluntariamente, por su propio gusto, como resultado del amor. Una gran crisis en la vida de un hombre, que lo liberte temporalmente de su cuerpo físico, lo hará sentir algunas veces que la Naturaleza es su amiga y compañera. Los hombres van a los campos y a los bosques en busca de la silenciosa sociedad que allí encuentran, y vuelven a su trabajo y luchan con los demás, fortalecidos y calmados por aquella. Pero en los momentos de agonía espiritual, el silencio queda roto por lo que parece un milagro. Uno que ha sufrido mucho me contó un incidente que se convirtió en un punto de vuelta en su vida. Cuando se encontraba al pie de un árbol, en la más profunda desesperación y dolor, el silencio de la Naturaleza se convirtió en lenguaje. El espíritu del árbol se inclino hacia la forma postrada a sus pies y la tocó, diciéndole con una voz llena de intensa piedad: “¡Pobre ser humano!”. El toque y la voz levantaron y despertaron al espíritu de su ciego sopor de dolor. Y levantándose lentamente maravillado y admirado, el hombre se recostó contra el árbol, y encontró fortaleza y sanidad en ese compañero compasivo y hermoso; y de nuevo emprendió su jornada.

lunes, 4 de octubre de 2010

La misma esencia divina

Llevamos muy poco tiempo habitando en el Universo. Si la vida del Universo fuera como la de una persona, la existencia de la humanidad sería menos que el destello de un rayo. La vida de una persona es mucho más breve. Es un rayo dentro de un rayo. Temporalmente somos muy poco. No debemos olvidarlo.
Desconocemos por qué estamos en este mundo y qué sentido tiene la vida. La realidad es que nadie lo sabe. Muchas personas, muchos sistemas de ideas, muchas religiones lo intentan explicar. Pero la verdad es que no se sabe. Hay que admitir que hay preguntas que no se pueden responder: esta extraña cualidad pertenece a la condición humana.
El ser humano siempre ha buscado a Dios y ha querido hacerlo como a él mismo. Es una reacción ante lo desconocido, ante fuerzas superiores a él, frente a la muerte y frente a preguntas sin respuesta. La realidad es que todos somos un poco de Dios.
Una gota de agua de mar tiene las mismas cualidades que todo el océano. Dios es el mar y nosotros la gota. En consecuencia; Dios, tu persona y los demás somos lo mismo. Aún se puede decir más: Dios, el Universo y tu persona son la misma cosa a diferente escala. Todos tenemos la misma esencia divina, pero no lo percibimos. Es necesario sentir esa idea.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El amor

El Amor comienza con un destello de simpatía, se substancializa con la fuerza del cariño y se sintetiza en adoración.
Un matrimonio perfecto es la unión de dos seres; uno que ama más, otro que ama mejor.
El Amor es la mejor religión asequible. Hermes Trismegisto, el Tres veces grande Dios Ibis de Toth, escribió en la Tabla de Esmeralda la siguiente frase: "Te doy Amor en el cual está contenido todo el sumum de la sabiduría". Y realmente el Amor en si mismo es el extracto de toda sapiencia, pues escrito está que la sabiduría en última síntesis se resume en amor, y el amor en felicidad. Cuando el ser humano está enamorado, se torna noble, caritativo, servicial, filantrópico. Se encuentra en estado de "extasis". Si se haya ausente del ser que adora, bastaría un simple pañuelito, o un retrato, o un anillo, o cualquier recuerdo para entrar en estado de "extasis". Así es el Amor.
El Amor es una efusión, una emanación energética que fluye desde lo más hondo de la conciencia. Es, dijéramos, un sentido superlativo de la conciencia. La energía cósmica que fluye del fondo de nuestro corazón estimula a las glándulas endocrinas de nuestro organismo, las pone a trabajar. Entonces, muchas hormonas son producidas, y ellas inundan los canales sanguíneos y nos llenan de una gran vitalidad. En la Grecia antigua, la palabra 'hormona' significa "ansia de ser, fuerza de ser". Observemos a un anciano decrépito, bastaría ponerlo en contacto con la mujer, bastaría que estuviese enamorado, para que místicamente se exaltara, entonces sus glándulas endocrinas producirían abundantes hormonas que inundando los canales sanguíneos los revitalizarían extraordinariamente. Así es el Amor.
El Amor revitaliza, el Amor despierta en nosotros innatos poderes del Ser. Cuando verdaderamente se está enamorado, se torna el ser humano intuitivo, místico, en tales instantes presiente lo que en un futuro le ha de suceder, y muchas veces exclama: "Me parece que esto es un sueño, me temo que más tarde tú habrás de encontrar a otra persona en tu camino". Tales presentimientos intuitivos, a través del tiempo y de la distancia, se cumplen exactamente. Así es el Amor.
En Europa -también en los Estados Unidos- existe una orden maravillosa, quiero referirme a la Orden del Cisne, tal institución analiza científicamente los diversos procesos de eso que se llama Amor. En la India, el Amor siempre ha sido simbolizado por el Cisne Khala Hamsa, el cual flota maravillosamente sobre las aguas de la vida. Realmente el Cisne alegoriza en forma enfática las dichas inefables del Amor. Así, observemos un lago cristalino donde una pareja de cisnes se desliza sobre las purísimas aguas donde se refleja el cielo, cuando uno de la pareja muere, el otro sucumbe de tristeza. Y es que el Amor se alimenta con Amor. Amar, cuán grande es amar. Solamente las grandes almas pueden y saben amar, así dijo un gran pensador.
Observemos a las estrellas girando alrededor de sus centros de gravitación universal, se atraen y repelen, de acuerdo con "La Ley de Imantación Cósmica". Se aman, y se vuelven nuevamente a amar. Muchas veces se ha visto que los mundos se acercan, que resplandecen, brillan en el firmamento de la noche estrellada, de pronto algo sucede, "¡una colisión de planetas!" exclaman los astrónomos desde sus torres maravillosas... ... ... Amor, sí, se han acercado demasiado, se han fusionado sus masas, se han integrado con la fuerza del cariño, se han convertido en una nueva masa... he ahí el milagro del Amor en el firmamento.
Observemos nosotros a la flor, los átomos de las moléculas en la perfumada rosa de ambrosía bañada por los rayos de la luna en la noche estrellada a la orilla de la fuente cristalina nos hablan de Amor. Giran esos átomos alrededor de sus respectivos centros nucleares, obviamente la molécula en sí misma es un sistema solar en miniatura. ¿Por qué los átomos allí giran alrededor de su centro de gravitación como los planetas alrededor del sol? Atraídos por esa fuerza maravillosa que se llama Amor...
Escrito está que si todos los seres humanos sin diferencia de raza, sexo, casta o color, abandonaran siquiera por un minuto sus resentimientos, sus venganzas, sus guerras, sus odios, y se amaran entrañablemente, hasta el veneno de las víboras desaparecería. Y es que el Amor es una fuerza cósmica, una fuerza que surge del vórtice de todo núcleo atómico, una fuerza que surge del vórtice de cualquier sistema solar, una fuerza que surge del centro de cualquier galaxia, una fuerza extraordinaria que debidamente utilizada puede realizar prodigios y maravillas como aquellos que realizara el divino Jesús de Nazaret a su paso por la tierra. Así es el Amor.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Mario Roso de Luna

Roso de Luna es un teósofo que me merece positivo respeto como persona de hondo pensar y de mucha ciencia, y estoy seguro de tener sobradas razones para decir que el autor de En el Umbral del Misterio, al modo de los ígneos cuerpos de las regiones estelares, brilla en el cielo de la teosofía con luz propia, con la potente luz de una inteligencia que en sí guarda la inextinguible lumbre de una poderosísima intuición.
Cuando Roso de Luna llamó a las puertas de la Sociedad Teosófica, ésta pudo sentir la más legítima de las satisfacciones. Demandábale el paso un hombre de ciencia, un sereno y original contemplador de las verdades universales, un teósofo iniciado, no por las rapsódicas enseñanzas de cualquier propagador de más o menos teosófico fuste, sino por la iluminación del espíritu, por la luz que en la mente engendra la alta reflexión de los misterios del Universo, cuando asciende a las ignotas regiones de lo infinito, pidiendo fuerza a la inspiración del genio, y alas a la lógica y al saber.
Como el gran matemático Wronski, Roso de Luna, profundo conocedor de la ciencia de la cantidad, elévase desde este campo al de las más altas concepciones de la Metafísica del Ocultismo; como los ilustres Zoëllner, Gauss, Helmoltz, Lobatschewsky, Riemann y Spotiswoode, el estudio del Álgebra y de la Geometría le lleva al de la cuarta dimensión de los cuerpos y otras sucesivas, y así Roso de Luna halla una feliz demostración de los diversos planos de la existencia substancial, demostración matemática de un valor definitivo, que nunca los teósofos le podrán agradecer bastante; como el renombrado Crookes, aplica a la física el estudio de las seriaciones numéricas, y halla formada por la naturaleza misma la prodigiosa pauta de fuerzas conocidas y de lugares de la serie que corresponden a las ignoradas; estableciendo una elocuente identidad entre lo que la ciencia ya sabe y entre lo que la doctrina esotérica descubre; como los ilustres químicos Wendt y Mendeleef, pide al número y a la serie, el gran misterio de la unidad de la materia, y al hallarle, redime a los alquimistas, con elocuentes razonamientos, de un injustificado desdén; como astrónomo, el autor de En el Umbral del Misterio, que goza de una reputación bien
merecida y es descubridor de un cometa que lleva su nombre, establece las bases de una científica explicación del origen y desarrollo de los mundos, donde impera el criterio del Ocultismo, y como antropólogo y arqueólogo halla en ciertas piedras de Extremadura (España) curiosísimas revelaciones, legadas por una remotísima antigüedad en raros monumentos jeroglíficos y paleográficos, donde, por el análisis de hábiles cronologías sidéreas, Roso de Luna descubre el testimonio histórico de la Humanidad que pobló el famoso continente de la Atlántida.
Sí, puedo asegurarlo. Roso de Luna obtuvo esa iniciación en los más altos misterios de la ciencia por esfuerzo propio, antes de que a nadie oyera hablar de la Teosofía ni del Ocultismo; y cuando supo lo que predicaban estas doctrinas, cuando leyó algunas publicaciones de esta clase, regocijado por la tan, al parecer, sorprendente coincidencia de opiniones, buscó con ansia a sus desconocidos hermanos en creencias y apresuróse a brindarles su más incondicional adhesión y concurso. Así fue como Roso vino a llamar a las puertas de la Sociedad Teosófica, en España; así fue como Roso se incluyó en las huestes de los teosofistas, y así fue como los teosofistas españoles pudieron incluir en sus cuadros un nombre digno de tanto respeto.
Roso de Luna ha escrito mucho. En su casa albergaba cierta caja donde tenía escondidos sus originales y los periódicos en que se iban publicando fragmentariamente mil análisis y observaciones suyas. Había allí un hermoso caudal, un tesoro de trabajo hecho, que se propuso ir dando a luz en una serie de libros, al que pertenecen En el Umbral del Misterio o uno anterior, titulado Hacia la Gnosis. En el orden de su aparición, les precedía otro editado en París y puesto en francés por el señor Toro y Gisbert, que se titula Evolución Solar y Series Astro–Químicas.
Declaro francamente que ésta es la obra más revolucionaria en el campo de la astronomía que conozco, y que la empresa de atacar en sus propios fundamentos a la teoría cosmológica de Laplace implica una gran convicción y un enorme atrevimiento, que haría vacilar al ánimo más decidido. Cuando la leí, quedé maravillado: nunca pude imaginar que existiesen tan admirables y originalísimas maneras de ascender al conocimiento y comprensión de la vida de los astros, desde el punto de vista del análisis numérico, para crear una astronomía tan nueva (en los países de la cultura occidental) como hermosa y exacta. Y en este libro, donde marchamos de sorpresa en sorpresa, ponen coronamiento a toda admiración dos capítulos finales denominados Nuestras ideas y el mito y Los atlantes de Extremadura, que desentrañan el valor positivo de remotas tradiciones de países y de razas que existieron en el mundo hace muchos, muchísimos miles de siglos.
Pocos meses después de haber aparecido este trabajo, Roso de Luna publicó Hacia la Gnosis, y ¡caso curioso! para tal libro, entre los muchos editores que en Madrid había, sólo la tan bien reputada casa del inteligente y simpático Gregorio Pueyo aceptó con verdadero placer la misión de editar la obra.
Hacia la Gnosis es un conjunto de estudios donde el autor esparce algunas de sus teosóficas ideas, y de tan sencillo modo como con atrayente forma de literaria creación, consigue que resulten agradables y llanamente accesibles temas de ciencia y de filosofía de carácter tan especial como metafísico y abstruso. En el Umbral del Misterio prosíguese la labor comenzada en Hacia la Gnosis, y tanto éste como el otro libro contienen todo un mundo de ideas; pero un mundo novísimo, donde por sucesivas graduaciones la mente pasa, sin esfuerzos ni violencias, del plano de los fenómenos más vulgares de la vida orgánica e inorgánica, al de las fuerzas ignotas y al de los principios de creación que constituyen el gran secreto de la Ciencia Oculta.
La significación de Roso de Luna como teósofo es muy alta; no pocos tropiezos y obstáculos tuvo que vencer, y no pocas rémoras se opusieron al feliz desarrollo de sus proyectos. Pero Roso era un hombre todo voluntad, y llegó a conseguir lo que deseaba.
¿Ayudas…? No lo penséis; no las ha encontrado… ¿Descrédito…? ¡Oh!, eso, constantemente. Y por si no bastaba la terca prevención de los que ni hacen ni dejan hacer, tampoco han faltado los que dicen que la labor de Roso es obra de locura. ¡Es claro…! ¿Cómo no ha de parecer loco quien piense y proceda sin el menor estímulo de personal interés, en estos días en que tanto abundan las opiniones fundadas en el tanto por ciento, o en los fervores de la egolatría…?
Sí; la enorme, la estupenda locura de Roso estaba en la nobleza de corazón que le impelía a ser, desde el primer momento, un gran amigo de cuantos le hablaban, y en sus altos modos de pensar, que le obligan a sacrificarlo todo por la idea. Todos comprendemos que de sobremesa, cuando está bien harto el estómago y libre el espíritu de preocupaciones enojosas, se dediquen unos instantes a hablar de raras teorías, de creencias esotéricas, de amor intenso a la Humanidad y de consagrar lo mejor de la vida a la práctica del bien y al estudio de altas cuestiones; pero si se trata de dejar esas comodidades de la vida, de exponerse a recibir grandes sufrimientos y sinsabores, de perder hasta el propio reposo, por dar un paso hacia la luz en la dolorosa vía de adversidades que el mundo abre a toda idea nueva, entonces los ánimos faltan, los admiradores desaparecen, y sólo los locos quedan, los locos que saben sacrificarse en aras de un purísimo amor a la Verdad y al Bien.